Aquella
tarde de viento y sol, despertar de la siesta me supo a gloria. El dije de
ambarluna esparcía su calidez en mi cuerpo dejando un rastro de aroma resinoso,
el poder de sus alcaloides surtiendo el invariable efecto dopamínico al que soy
tan proclive. De pronto tuve la certeza de que, a través de la cerradura, él me
observaba y me sentí prisionera de sus ojos. Me quedé quieta, sopesando
posibilidades. Se me ocurrieron muchas cosas, pero ninguna de ellas fue revelar
la transgresión. No era cosa de romper el encanto. Mejor me estiraría despacio,
sintiendo cada músculo de los brazos, cada coyuntura de las piernas, cada poro
de la piel reavivado y alerta. Desperezarme y ronronear sabiéndome aquilatada y
delineada. Me tomaría mi tiempo y le daría tiempo al banquete de su contemplación.
Sabía que al mirar sin ser visto, por ese simple hecho, él sentiría un
cosquilleo en el plexo solar, la sensación de estar jugando a lo prohibido, la
certidumbre de vulnerar lo que es íntimo y secreto. Yo misma me sentía así,
cómplice de sensaciones y travesuras, partícipe activa y pasiva, al igual que
él, de aquel preámbulo voluptuoso que ambos sabíamos cómo terminaría… [CrónicasAmbarluna46] (05abr13)
