Cees Nooteboom
¿No se suponía
que los cuerpos habían de ser sólidos?
¿No dice el manual que se apoyan en dos pies,
que yacen sobre la espalda?
¿Corazón, hígado, riñones,
todo en su debido sitio?
Ojos que te miran,
boca tan reconocible
como llena de promesas.
¿O puede ser como aquí,
desbaratados
por el deseo,
las piernas soltándose de su rosado epicentro,
la suave carne reluciendo
de gozo posible,
un zumbido sensual
que gira en el espacio,
se excita,
se eleva
a donde ya no puedes seguirlo,
el pájaro más codiciable,
inencontrable, huyó?
Traducción de Fernando García de la Banda en Luz por todas partes.
Antología publicada por Visor de poesía y en el blog de Jesús Silva
Herzog Márquez.
viernes, 29 de noviembre de 2013
domingo, 27 de octubre de 2013
Evocación de Magritte
Nuncamás entiende a la perfección lo que es tener pájaros en la cabeza.
No es pernicioso. Por el contrario: muy recomendable para quien desee percibir la realidad desde la otra orilla, haciendo uso de la rara habilidad de algunos seres humanos para pensar lateralmente. Y sin olvidar el paraguas.
No es pernicioso. Por el contrario: muy recomendable para quien desee percibir la realidad desde la otra orilla, haciendo uso de la rara habilidad de algunos seres humanos para pensar lateralmente. Y sin olvidar el paraguas.
jueves, 17 de octubre de 2013
ESFERA
La
pregunta no es si es posible ver el futuro, sino más bien si conviene o
resulta deseable hacerlo. O si no sería preferible entender el tiempo
como lo que realmente es: la armonía de ciclos eternos y órbitas
continuas que giran transformándose en instantes, pulsaciones y latidos
sin principio, sin final, sin métrica ni torpes conteos ni
delimitaciones divisorias. Las sorginak atisbamos tan solo un
intervalo del orbe temporal, un soplo de su inconmensurable esencia, y
ello nos basta. No oteamos innecesariamente sus horizontes ni vivimos
fuera de su influencia. Tampoco desperdiciamos esa visión ni utilizamos
tal sabiduría con propósitos nefarios. El poder de las brujas para
acceder al porvenir no entraña sortilegios ocultos ni encantamientos
herméticos. Es un poder íntimo y peculiar que se hermana con el vaivén
de las mareas, la intensidad de los ciclos lunares, la memoria colectiva
ancestral, las brújulas del tiempo y la benevolencia de la Diosa. Nos
ayudamos de instrumentos, es cierto, pero son solamente ecos y
resonancias que confirman nuestros ensalmos y fortalecen nuestros
augurios. La esfera ambarlunar revela no el futuro, sino el secreto del
pasado, que es, en realidad, la llave del porvenir.
[LCV Paréntesis26] (17oct13)
[LCV Paréntesis26] (17oct13)
sábado, 28 de septiembre de 2013
Definición
Tú
mandas y yo obedezco. En las horas claras en las que resplandece el fulgor ambarlunar,
en los intervalos sombríos que encienden y potencian el estímulo de su aroma
resinoso, tú mandas y yo obedezco. Me gusta obedecer el dictado de la piel,
plegarme a la dulzura demandante de los labios, someterme al imperio
inescapable de los dedos. Acato sin resistencia el llamado de las manos. Observo
puntual el calendario inesperado de los besos. Cumplo la promesa de la mirada.
Respeto el acuerdo signado por la lengua. Me doblego dócilmente al cerco de las
piernas. No puedo menos que rendirme al fuego húmedo e inclinarme ante las
dádivas de la miel. Tú mandas y yo
obedezco. Pero no es que tus deseos sean órdenes. Es que tus deseos son mi
capricho, tus caprichos son mi fantasía y tus fantasías son mi deseo. Así de
sencillo es esto del amor. [CrónicasAmbarluna56] (28sep13)
domingo, 25 de agosto de 2013
PREMISAS
Ni en mis más impetuosos y creativos sueños de opio, cuando discurro
navegando por las complejas entretelas de la imaginación con la potencia máxima
y completa de mi cortex cerebral, asiento indiscutible de la percepción, la
imaginación, el pensamiento, el juicio y la decisión, con todo y sus diez mil
millones de neuronas y sus cincuenta trillones de sinapsis, había yo podido
visualizar la brillante solución que se me acaba de ocurrir al enigma que
presenta la octava conclusión a la primera premisa del último capítulo de la
tesis… ¡wow!
jueves, 22 de agosto de 2013
ANOCHECER
Hay anocheceres así, de tonalidad
ambarlunar, de una languidez corrosiva que se alarga como las sombras en la
lentitud de un tiempo que transcurre gota a gota, estrella a estrella, invisibles
y adivinadas por encima de la capa de
neblina urbana y del aire calcinado de concreto, hierro y cristal. Me dejo ir en
el final del día y el comienzo de la noche, inmersa en el sabor de las caricias
que nos dimos, en la despedida temporal que nos concedimos. Mis pensamientos te
siguen, adivinan tus pasos, te acompañan de regreso a tu camino. Mi cuerpo sabe
dónde quedaron prendidas tu piel y tu mirada. Advierto la huella persistente de
tu aroma en las sábanas revueltas de nuestro lecho. Te acabas de ir y mi
corazón ya te extraña…
[CrónicasAmbarluna55] (22ago13)
miércoles, 14 de agosto de 2013
ÁTROPOS
La bella Átropos a veces prefería que la llamaran por su otro nombre, Aisa, más suave y pronunciable, menos temible y desconcertante. Todo dependía de su estado de ánimo; he ahí el riesgo. Era difícil saber de qué humor despertaría cada mañana, si había tenido un descanso reparador, si sus sueños habían sido apacibles, o bien, si no había pegado el ojo en toda la noche y no había tenido más que pesadillas. Pocos, en realidad, se atrevían a llamarla Aisa. Pocos se atrevían a llamarla. Punto. Sus dos hermanas menores así la invocaban cuando deseaban congraciarse con ella y pedirle temerosas algún privilegio, alguna prenda. El resto del tiempo, y en especial cuando realizaba sus labores, Átropos era Átropos, la inexorable, la inevitable, la inapelable.
Las tres hermanas - Átropos, Cloto y Láquesis - eran conocidas en aquella ciudad como Las Moiras, y eran costureras. Cloto sobresalía con el hilo y la aguja, en especial como hilandera, mientras que Láquesis era acertadísima al tomar las medidas. Pero el verdadero arte en la especialidad creativa de Las Moiras provenía de Átropos y su maestría en el uso de las tijeras. Sus “execrables tijeras” decían a sus espaldas las malas lenguas. De hecho, a sus espaldas, nunca jamás frente a ella, se decían muchas cosas. Secretamente la apodaban Morta, nombre que ella aborrecía al punto de entrar en un frenesí imparable con las tijeras, cortando a diestra y siniestra si llegaba a escucharlo, y ay de quien se cruzara por su camino en esos momentos. Otro de sus mudos apodos era Parca, que a ella le sonaba a puerca, sacándola también de sus casillas, pues si algo tenía Átropos era una obsesión rayana en la compulsión por la pulcritud.
Se decía que era una especie de bruja, y aunque ella jamás se habría descrito así, es verdad que tenía gustos un tanto insólitos. Por ejemplo, gustaba de cultivar plantas. Ciertas plantas. Más bien una sola planta: la solanácea de nombre Belladona, con sus frutitos de color negro cuajados de atropina, tan sedantes sus propiedades que, en manos inexpertas, eran en extremo peligrosos. Una sola noche al año (la noche del 30 de abril en nuestro calendario), Átropos hacía salir al espíritu de la Belladona, marchitando todas sus pequeñas flores violáceas y llenando el ambiente de un aroma agridulce que la gente, extrañada, tenía mucha dificultad de calificar de deleitable o de vomitivo, tan extremas eran las reacciones que provocaba. También tenía una mascota de nombre Manos de Piedra, que la acompañaba por doquier colgada de su cuello. No le importaba que se tratara de una serpiente venenosa ni que, con ella, sembrara el pánico a su alrededor. A Átropos, sobra decirlo, no le concernía el pánico de la gente.
El padre de Las Moiras era en extremo poderoso, mujeriego y jugador, habituado a cumplir sus caprichos y hacer gala de un carácter atronador, capaz de electrocutar con un movimiento de sus brazos a quien se le pusiera enfrente. No obstante, una mirada de Átropos enseguida lo menguaba y lo sujetaba, como a cualquiera, al poder de aquellos ojos grises que a todos doblegaban y todos temían. En cuanto a la madre, nunca se supo quién era la verdadera progenitora de aquellas tres hermanas, pues el padre había cohabitado simultáneamente con tres hembras recias, y las tres habían dado a luz triates, todas mujeres, el mismo día y a la misma hora. Cada una de esas niñas traía escrito su propio destino, pero Las Moiras eran infinitamente más poderosas que sus seis medias hermanas y que cualquier otra de las numerosas medias hermanas engendradas por el padre, y Átropos las superaba a todas. No en balde le había tocado, entre la vastedad de porvenires posibles, la responsabilidad de elegir el mecanismo de la muerte y terminar con la vida de los mortales, cortando con sus abominables tijeras la hebra de su existencia.(Continuará...)
[LCV Paréntesis25 13ago13]
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