martes, 12 de febrero de 2013

Mis gatas no son, por supuesto, mías. Es un decir. Son parte de mi familia y viven en mi casa, pero eso no quiere decir que sean de mi propiedad. Las amo y me consta que me aman, pero eso nada tiene que ver con asuntos de posesión ni control. Clío posee la habilidad de buscar el lugar y momento adecuados en que los cálidos rayos del sol le caerán encima por más tiempo mientras toma una de las múltiples siestas cotidianas a las que los gatos son tan proclives. Me mira y se acerca cuando requiere que le rasquen la barbilla y le digan cuán hermosos son sus ojos verdes. Es una reina y como tal se comporta. A Perla, su hija, la persiguen ideas extrañas. Tiene una doble personalidad: la de gata arisca y montaraz de día, la de la princesa Brudulbudura de noche. Me tolera. Nada más. Y siempre y cuando me aplique en cepillar su hermoso abrigo nacarado. El resto del tiempo mira al mundo con desconfianza y aprensión. Jazbel no tiene broncas, se desliza por la vida placenteramente, apasionada por dialogar, comunicar y hacerse entender, lo que define por antonomasia a los gatos negros de bigotes blancos e inteligencia superior. Las tres se llevan de maravilla, lo que no debería sorprenderme, con el dragón acuático que puebla mis sueños de iridiscentes escamas y del fulgor dorado de su aliento de fuego…

viernes, 8 de febrero de 2013

Sabemos el uno del otro lo imprescindible. Podemos dejar que todo lo demás permanezca en un baúl, a la mano para cuando sea oportuno airearlo, pero sin que estorbe ni corte el paso ni detenga los movimientos celestes ni genere sombra. Nuestras mentes se entrelazan ricas, dadivosas, complejas. Nuestras voces se armonizan y, en madrugadas de dulce y perentoria ansiedad, son capaces de transportarnos en susurros al origen del mundo.
Nuestras imágenes han jugado cómplices a los encantamientos inventados para disfrazar la lejanía. Nuestra piel sin máscaras se refleja en el fondo líquido de nuestra mirada, envuelta en el fragante brillo ambarlunar. La vista y el oído van de fiesta una y otra vez. Se deleitan en agasajos y festines, son convocados al banquete para alcanzar y solazarse en lo secreto, en latidos acompasados, en el vuelo de la respiración, extasiarse con vocablos mágicos que abren compuertas y sueltan ríos de lava.
El tacto se convierte en labios, manos, dedos, forma y textura, la seda y el pliegue de un contorno; es lo húmedo, lo suave, lo endurecido. El gusto y la lengua van de la mano explorando sabores y consistencias, paladeando miel líquida y sal mineral. Unidas al olfato, degustan aromas afrutados con recuerdos de especias y nostalgias de mar. Y mientras nuestros cuerpos se reconocen y se acoplan como anhelos que han vagado de una vida a otra buscándose hasta encontrarse, las órbitas del destino se cierran, los plazos del karma se cumplen y somos uno. [CrónicasAmbarluna39] (8feb13)

viernes, 1 de febrero de 2013

Mañana a estas horas estaré en tus brazos y eso lo cambia todo. Tan sólo pensarlo, por la extraña alquimia del amor y el imperio del ambarluna, las cosas se transforman, aun las más pueriles. Pienso estar en el aeropuerto cuando llegues y verte buscarme entre la gente. Seguro, desde tu altura, me encontrarás con facilidad y tu expresión me arrancará una sonrisa. Pienso acercarme despacio y entregarme a tu cercanía con todo el peso de los días que han transcurrido en tu ausencia y la carga, que poco a poco aliviarás, de mi nostalgia y tantas madrugadas sin tu piel. Quiero conducirte de la mano a mi lugar predilecto, presentarte a mis árboles consentidos, enseñarte la entrada secreta de la terraza, subir contigo las escaleras y perderme en nuestra cama. Quiero reflejarme en tus ojos, presentir tus labios, dejarme atrapar en tu abrazo, escuchar tu pulso y beberme tu respiración. El alba será una fiesta de mariposas en las entrañas. El vestido que me pondré, un facilitador de tu placer. El concierto del manglar, un natural acompañamiento de tus caricias. La lluvia pertinaz, el mejor pretexto para quedarnos otro rato en la cama. Un largo rato más… [CrónicasAmbarluna38] (1feb13)

viernes, 25 de enero de 2013

En mi sueño navegábamos por un mar cubierto de estrellas, con el astrolabio apuntando al horizonte y la brújula alineada con el campo magnético de la luna llena. Por primera vez viajaba yo en compañía de diosas y dioses benévolos, inteligentes, donosos y avispados, capaces de sostener una conversación que, según recuerdo, no solo me hacía sonreír, sino que se desenvolvía en curvas y recovecos de espiral laberíntica, construyendo un edificio de léxicos, conceptos, axiomas y teoremas. En momentos en los que la clarividente charla tomaba rumbos incomprensibles para mí, me distraía observando sus atuendos, los tocados, penachos y sombreros que coronaban sus hermosas testas, los colores de las sedas, gasas y brocados de sus vestidos, y especialmente las alas de mariposa murciélago del piloto, un antiguo pariente de Hermes. Me sentí como en casa, como si siempre hubiese vivido en esa nave sin ancla ni puerto, en permanente movimiento, sin una tierra que pudiese llamar mía, en libertad total. [Paréntesis17] (25ene13)
El mismo día de tu llegada comencé a escribir mi propio libro de cabecera, empezando por todas aquellas cosas exquisitas, elegantes, hermosas, únicas y placenteras que me gustan y me hacen feliz.
Un par de zapatos especiales, por ejemplo. El sonido y el aroma del mar. La música con la que rompiste mis últimas defensas y me conquistaste. Un camisón de seda y unos aretes pequeños de oro. Mis libros. Mis pinturas. Mi jardín. Tu voz en madrugadas de lluvia. Cualquier prenda íntima de color índigo, púrpura o violeta. Nuestro lenguaje secreto. Nuestro sentido del humor.
Las magnolias, gardenias y jacarandas. Nadar desnuda. El fulgor del dije de ambarluna y sus efectos en mi estado de ánimo. Aquel texto que me enamoró. Tu inteligencia, perspicacia e ingenio. Los perros y los gatos. Las golondrinas y sus nidos colgando de las vigas de la terraza. El collar de perlas y aguamarinas de mi madre. Los brazos de mi padre. La noche en que percibí la Vía Láctea por primera vez. Lo que aprendo de ti. El pitido de los trenes en las madrugadas de Puna. Las películas que me hacen reír y llorar al mismo tiempo. El aroma de la lavanda.
Las palabras con las que me nombras. Los cuervos y ruiseñores de Koregaon Park. El concierto para piano y orquesta de Mozart que me pone de buenas. Las campanas dominicales de Cuernavaca, sus tormentas, sus barrancas, sus calles empinadas y los tabachines en flor. La forma en que me desvistes. Tu piel en mi piel y el roce de tus labios… [CrónicasAmbarluna37] (25ene13)

viernes, 18 de enero de 2013

Todas las cosas conocidas y del interés humano pertenecen, conciernen, existen y transcurren únicamente en aquella distancia que media entre la costa y el vórtice, allí donde empieza lo desconocido y lo no conocible, correspondiente en principio al mar, sus fantasmas, espíritus y deidades, y posiblemente a otros entes y universos que no nos es dado percibir. Es un canon cuyo mensaje, sin embargo, está claro y las sorginak nos encargamos de hacerlo valer: “A partir de un punto en el corazón de la marea, comienza el territorio prohibido; no te entrometas”.
Durante el último milenio de la era que transcurre, es y ha sido cometido de las brujas el resguardo vigilante de la frontera entre la Novena Ola y el mundo mortal. Más allá de la Novena Ola está Uffern, el Otro Mundo, el lugar del que emana la magia y donde reencarna la esencia de las brujas cocinada a fuego lento en el caldero de las nueve sibilas custodias de la memoria y del Libro; el territorio del noveno número que teje el ensalmo del ambarluna y desde el cual lanza al oleaje el hechizo con el poder tres veces repetido del tres y potenciado en nueve veces nueve lunas: el número predestinado de la Diosa centinela de la Rueda del Año, con ocho días propicios y benévolos más el noveno determinante que completa el ciclo. Inscrito queda en la arena.
La marea intermitente y calendárica, el oleaje espumoso que revuelca arenas y alientos, el susurro marino en calma, el arrastre de la resaca, la corriente furtiva arrolladora, el horizonte en su interlinea indivisa de agua y aire, el aroma a peces y sal, el misterio de su origen, el enigma poderoso que encadena la potencia de la vida y la muerte, el abismo azul profundo y verdinegro, la silenciosa tumba acuática… Todo esto encierra la Novena Ola. Así comprendemos la atracción que ejerce el océano sobre brujas y humanos por igual.
Cuando toca en turno a la sorgina transitar vigilante por la rompiente, sobrevolar el atolón adivinando el contorno del arrecife, recibiendo en el rostro el relente de la espuma pulverizada, lanzar el hechizo desde su amuleto de ambarluna, su consorte se mantiene a prudente distancia, dividido entre el deseo que le provoca el olor del mar, el aroma de las algas y la fragancia de la sal, y el temor a que la agitada efervescencia le salpique el negro pelaje. En su maullido intermitente se mezcla la aprensión, la atracción, el rechazo, el despecho y la añoranza de su imperio momentáneamente desatendido. La bruja sonríe, le invita a retozar, a alcanzarla en el desafío de las olas, a arriesgar el resultado de la apuesta. Mar adentro Alguien observa nostálgico lo que alguna vez, hace milenios, fue… [Paréntesis16] [18ene13]

viernes, 11 de enero de 2013

En madrugadas como ésta, en las que el viento sopla sin tregua trayendo consigo el olor del mar, metiéndose por todos los recovecos y resquicios, llenando los sueños de presagios, me gusta sentir el calor húmedo que despide el dije de ambarluna brillando en la oscuridad, su potente efecto trazando el compás de mi pulso y mi aliento. Me gusta la forma tenue pero inevitable en la que la fragancia ambarlunar trae a mi mente el recuerdo de lo que él y yo nos dijimos antes de caer abrazados y rendidos. Me gusta decirle que lo espero en nuestra cama, ese espacio capaz de transmutarse, por la alquimia poderosa del amor, de simple mueble en guarida de mordiscos, rastro de besos, cobijo de agasajos y ternuras, resguardo de sensaciones, escenario de nuestra risa y del lenguaje secreto en el que tan bien nos entendemos. Me gusta la espera que me hace sonreír, desata mis fantasías, revela mis deseos y despierta cada poro de mi piel imaginando lo que él hará, requerirá y probará. Me gusta saborear nuestra breve despedida sabiendo que en cualquier momento escucharé sus pasos en la escalera, la puerta de la habitación al cerrarse, su respiración mientras se acerca silencioso y me cubre con su cuerpo. El viento bate incesante y el ambarluna destella en sintonía. [CrónicasAmbarluna36] (11ene13)