lunes, 17 de septiembre de 2012
Ayer nos despertamos con la idea de interpretar nuestro acto de magia en un lugar insólito y de manera insospechada, añadiéndole algunos elementos novedosos. Los Bandar-log, por ejemplo, parias de la jungla, anarquistas de vocación, con su presta agilidad y actitudes imprevisibles constituyeron el toque perfecto. Bien sabes cómo me atraen los desafíos, especialmente en las antesalas del poder. Cantar junto con ellos la marcha triunfal que grita a los vientos ¡Somos grandes! ¡Somos libres! ¡Somos maravillosos! Ver el infinito en las alturas de tus ojos, mecerme al vuelo de tu madrugada, cuando adivinas cada uno de mis anhelos y los cumples. ¿Sabes la conmoción promisoria de tus dedos en mi nuca?
domingo, 16 de septiembre de 2012
Casi no tuve tiempo de soñar. Sé que en algún momento de la madrugada me levanté de la cama urgida por aromas frutales, un curioso banquete preparado por manos sabias que conocen exactamente mis gustos, los sabores que me diluyen, las palab
ras que deben acompañarlos. Ataviada de luna, me senté al piano. Recuerdo que la armonía celeste me llevó de la mano, emprendiendo un viaje por derroteros inesperados. En un recodo del oleaje descubrí cuánto me gusta el sonido de tu voz.
viernes, 14 de septiembre de 2012
Corre por mis venas la sangre del árabe marroquí. Será por eso que la música del norte de África me pide que baile, que mueva las caderas al son del tambor y la flauta, que busque en los abalorios de la magia el recuento del porvenir. Son ecos del ambarluna, de un imperio aromático de resinas y especias; sueños de caravanas que cruzan desiertos de fuego y persiguen, guiadas por el mapa de las constelaciones, el sortilegio de un oasis mítico donde se labra su esencia y se decanta su fulgor. ¿Ahora comprendes la atracción que ejercen en mí los nombres de las estrellas?
Por lo mismo y en su rastro, mi pisada abarca el sur de Iberia: Al Andalus de moros y gitanos, con su duende y su cante jondo y sus fuentes rodeadas de naranjos en flor; el convite de la serranía nevada, el anhelo de andar los caminos polvorientos de Granada a Córdoba y desde Sevilla a Cádiz y Gibraltar. Y en ese peregrinar, voltear la mirada al norte y seguir las señales que indican la ruta del corazón, flechas de arcoíris apuntando a las verdes colinas de los celtas y el Cabo Finisterre. ¿Ves por qué he de emprender nuevos derroteros?
Tengo una parte de desdicha y la aportan mis ancestros sefarditas. No contentos con haber sido expulsados de Sefarad hace 510 años, con haber tenido que emigrar a Tesalónica y volverse súbditos del imperio otomano, se aferran al anhelo de su tierra y a la llave de ambarluna de su casa ancestral,
y siglos después retornan conversos a España, católica a ultranza, a predicar y vivir con la Biblia por delante y la persecución por detrás. ¿Y todavía me preguntas que de dónde saco el espíritu andariego?
Espera, aún no te he contado de mis antepasados de sangre fría: los alemanes de imaginarios señoríos y efímeros condados; o aquellos otros, normandos de apellido y alma de músicos y compositores; o el comerciante inglés que llegó hasta las Islas Vírgenes cautivado por una hija de esclavos de piel mulata; juntos engendraron mi estirpe y renovaron el rumbo de mi sangre para siempre. Y yo he recorrido las calles de aquel puerto siguiendo al fantasma de mi bisabuela, he navegado de noche con la marea desde San Juan a Virgen Gorda y guardo el anillo ambarlunar que un marino escocés sacó para mí desde el fondo del arrecife.
No te extrañe que ame el mar y a los navegantes, pues provengo también de recios vascos. Soy la orgullosa vanguardia de la última tribu de Europa, la que habla un idioma único que puede trazar sus raíces hasta los mismísimos orígenes de la humanidad. Será por eso que tejo con las manos y la palabra escrita los indicios de mi paso por el mundo, por descender en línea recta de los hombres de Cromañón decoradores de cavernas y adoradores de la naturaleza.
Y no te quejes de mi parte nómada. He nacido de refugiados y trasterrados que vinieron a dar con sus ilusiones a un país mágico de rostros pétreos, que se ríe de la muerte y que llora a corazón abierto por su historia. Soy viajera por herencia y por gusto, porque todo en mi pasado se confabula para que me vaya, porque todo en mi futuro apunta hacia el camino. El dije de ambarluna es una brújula que gira irrevocable, un mapa que conduce a otros destinos. No me culpes. Te prometo un fugaz y provisorio adiós. [CónicasAmbarluna19] (14sep12)
viernes, 7 de septiembre de 2012
El 1 de septiembre de 1859, poderosas ráfagas y eyecciones incontables de masa coronal anunciaron una supertormenta solar, la más intensa erupción electromagnética que haya ocurrido hasta la fecha, cuando nuestra inquieta y siempre misteriosa estrella lanzó hacia el espacio miles de millones de toneladas de partículas cargadas que, al chocar con el campo magnético de la Tierra, provocaron el aumento enloquecido de las corrientes eléctricas en las líneas del telégrafo, así como auroras boreales rojas, verdes y moradas visibles en lugares tan australes como Hawái y Panamá.
Nunca ha vuelto a ocurrir nada parecido. Lo que no quiere decir que no pudiera suceder en cualquier momento. Y para quienes oteaban los cielos nocturnos ante la imposibilidad de hacerlo con la claridad del día, y no necesariamente con la ayuda de un telescopio, sino con el concurso de tablas matemáticas, fórmulas loga y algorítmicas, mapeos astrales, tránsitos siderales, retrocesos cósmicos, órbitas coincidentes y fases discrepantes, para ellos, decíamos, resultó evidente el trastorno sutil en la consonancia de los mundos paralelos, que el sol, en su caprichoso y explosivo simulacro, había provocado de forma por demás extravagante y dramática.
Entre aquellos sabios consultores y consultantes de los fenómenos celestes y metereológicos, nadie como la damana del observatorio de Psyx para advertir el casi imperceptible cambio en la vibración del centenar de dijes ambarlunares de todos los tamaños que colgaban del techo en el salón principal de escrutinio e indagación de la Universidad, espacio conocido también como el Cónclave Pluribus Axis Mundi, cuya sorprendente y arcana papiroteca había sido legada a los habitantes de Psyx por los viajeros Atemporales.
Permítaseme una breve digresión para afirmar que sobre los Atemporales no diremos absolutamente nada en este texto. No que no merezcan las más completas y dedicadas alusiones y agradecidas remembranzas, sino porque precisamente las valen tanto que ameritan ser objeto de una larga disquisición propia y no, como en este caso, compartida. Hoy nos ocupan los tormentosos caprichos solares y el resultado oscilante, demencial, mutable y desestabilizador que ejercieron en la estética euritmia de los instrumentos de precisión ambarlunares de aquel y de otros laboratorios del saber ancestral.
La damana corroboró la milimétrica perturbación en el ambarluna; bien sabemos que son los ínfimos detalles los que realmente cuentan y tienen luego consecuencias tan insólitas e improbables como irrevocables e indefectibles. Se percató de inmediato que durante años, quizá décadas, las de por sí escasas posibilidades de traslación entre universos paralelos se verían drásticamente reducidas, no solo en detrimento de investigaciones científicas de insospechable peso y trascendencia, sino también de los avances que ya se habían logrado en la intercomunicación con los habitantes de otros mundos.
No obstante tal tragedia, suspiró aliviada. Las propiedades fulgurantes, voluptuosas, nigrománticas, sanadoras, apetitosas, adivinatorias, visionarias, alcaloides, sensuales, estimulantes, mágicas, eróticas, aromáticas, inescrutables, deleitables, enigmáticas y lúbricas de los dijes de ambarluna, no sólo no habían sido afectadas ni habían disminuido, sino todo lo contrario.
No hay noticia verídica ni crónica detallada de lo que ocurrió aquella noche durante la celebración de los portentos solares a la que se entregaron los estudiosos cófrades y letradas colegas integrantes del cuerpo erudito e investigador del Cónclave Pluribus Axis Mundi. Es de suponer, basándonos en lo que al día siguiente anotó la aplicada damana en su bitácora, que todos se entregaron diligentemente a la degustación de un exquisito y clandestino licor de ambarluna, con las consecuencias que de ello se desprenden y que es posible imaginar… [CónicasAmbarluna18] (7sep12)
lunes, 3 de septiembre de 2012
Me hablas de plazos, tiempos e imposibles transformados por el poder de un nombre, y te creo. Grabas el mío con signos que solo tú descifras, mientras yo susurro el tuyo al oído del viento deseando que llegue a ti y lo adivines. Por las noches sigo escalando el agreste camino de tu ensueño, buscándote a tientas en el recuerdo. No es menos difícil que tu pedregal marino. Presiento que esta noche llegarás una vez más cercano e inalcanzable, el guardián que desarticula el ordenado caos de mi existir, que agita mis anhelos, enreda mis palabras, subleva mi sangre y me deja la impronta de sus labios en la piel. Y no obstante tu espada implacable, traes contigo el azul que disuelve la cólera y la tristeza, oleaje suave que lava y deslava la arena de mi playa y armoniza la danza de los mundos al jugar con mis cabellos y besar mis párpados. Percusión y repercusión de dos palabras que osan jugarse la apuesta en la ruta de los acantilados que ya has cabalgado y te conducen al manantial.
viernes, 31 de agosto de 2012
Aquel viernes después de la cena, imaginando lo que sería el más delicioso de los postres, quería dejarme llevar por su voz, esa cadencia intensa que desgrana las palabras, que suena como escribe, que desenreda al mundo a la par que se descifra y expone, un lenguaje en el que lo críptico y definitivo se convierten en lo posible y acaso en lo prohibido. Él, sin embargo, me preguntó qué pensaba, mientras una de sus manos me rozaba como al descuido, sin soltarme ni romper el cordón invisible de nuestros sentidos enlazados. También como al descuido, sentí la humedad del dije de ambarluna dejándome una impronta en la piel, sus emanaciones alcaloides surtiendo el deseado estímulo en el recinto preciso de mi vientre desde el cual irradiaba el calor en todas direcciones.
Me encontré pensando en mi propia historia, la que tiene que ver con él, y así se lo dije. Rememoré, entonces, cómo y dónde nos conocimos, porque así estaba decidido sin que lo supiéramos, evocando aquella extraña ciudad de la que ambos éramos visitantes asiduos, si bien siempre temporales, meros pasajeros en tránsito, turistas de lo efímero y fugaz, condición que, cuando al fin nos encontramos, se transformó. Ahora somos peces en sus aguas, sabemos de sus escalinatas disimuladas y sus plazoletas ocultas, de las fachadas de piedra y el enrejado de sus ventanas, la intuimos mejor de lo que creemos adivinarnos a nosotros mismos, la adivinamos mejor de lo que soñamos entendernos el uno al otro.
No abundan las ciudades amuralladas, y las que conservan más o menos intactos sus baluartes defensivos y torres almenadas, sus fosos y puentes levadizos, sus secretas poternas y traveses, sus barbacanas medievales y trincheras fortificadas, son como ensueños lejanos, ancladas como están en generaciones y sucesos pretéritos, un conteo de vidas que hacen eco con cada uno de nuestros pasos sobre las calles empedradas. Son lugares prodigiosos, coros de voces remotas y susurros inaccesibles. Y antes de conocernos, él y yo transitábamos involuntarios en medio de esa anacronía, de esa extemporaneidad.
No nos topamos de frente, no. Yo lo vi a él, estaba de espaldas, y mi primer pensamiento fue “por esa espalda quiero trepar”, sorprendiéndome la ferocidad de tal deseo, lo súbito del arrebato, lo inesperado del ardor. Esa noche no dormí. Luego se presentaron otras oportunidades de observarlo de lejos, de aprenderme el ritmo de sus pasos, de reconocer la huella de su olor. Confieso que durante un tiempo no hice nada y confieso también que después lo hice todo. Bien discernimos cómo somos las mujeres y cómo siempre damos el paso inicial, aunque afirmemos no estar conscientes de ello. Sabemos perfectamente qué pisadas estamos dando en el recorrido de nuestra seducción. Sin embargo, ¿quién sedujo primero a quién? Eso siempre resultará un misterio.
Decidí abordarlo en uno de los parapetos de la atalaya, puesto que estaba solo, la mirada perdida en la lejanía, el semblante caviloso. Me acerqué, le sonreí y le ofrecí un higo, de esos madurados al sol mediterráneo, de piel oscura y violácea, de carne púrpura suave y dulce. Supe, por su expresión, que lo sorprendí, que provoqué su curiosidad y valientemente aceptó el reto. Se trataba, por supuesto, de una prueba. Mientras yo pretendía degustar uno de aquellos frutos, no le perdía de vista, pues hay muchas formas de comerse un higo. Para algunos, esta curiosa fruta resulta desconcertante: ¿se pela? ¿son comestibles sus semillas? Otros, irremediablemente perdidos en los retorcidos sumideros del puritanismo y los convencionalismos sociales, pretenden utilizar cuchillo y tenedor para no tocarlo ni mancharse las manos de su miel. Engullirlo de un solo bocado también descalifica al sujeto de por vida. No obstante, él lo abrió con los dedos despacio, aspiró la fragancia de su pulpa, lo acercó a sus labios y, mordiendo suavemente primero una roja mitad y luego la otra, paladeó su sabor y se lo comió completo, piel, semillas, todo. Cuando aquella madrugada lo dejé entre sueños y sábanas revueltas, la claridad se adivinaba tras las almenas del baluarte y ambos sabíamos que el karma atemporal de nuestra cita había comenzado…
Una caricia en el muslo, una sonrisa iluminada por el destello del tornasol ambarlunar, me trajeron de regreso al viernes de nuestra cena. Antes de dejarme ir desde el contorno de sus brazos al torrente del deseo, le dediqué un último pensamiento a la noche del día que nos conocimos y me sentí eufórica. ¿Puede el amor convertirse en un fuego que no quema? ¿Acaso había aprendido a caminar mágicamente sobre carbones encendidos?… [CrónicasAmbarluna17] (31ago12)
miércoles, 29 de agosto de 2012
Cuando así se requiere, porque las órbitas concertantes de los mundos señalen, como dedo índice, el renglón escrito y marcado en los nueve veces nueve Libros de Todos los Libros, a las brujas nos es permitido el contacto sustancial, carnal, visible y perceptible con los humanos. Esto es, siempre y cuando sigamos la jerarquía del sortilegio que indica, paso a paso, de conjuro en conjuro, la vuelta de cada llave en el cerrojo enfilado y coincidente del momento preciso en el que las puertas de los universos se alinean para permitirnos el paso, propiciando la transformación indudable, palpable y manifiesta que nos hace aparecer a sus ojos como seres fantásticos y temibles, ángeles oscuros de alas estremecedoras y traslúcidas, hembras-dragones de ojos afilados y garras ambarlunares, o mujeres-lobas-quasi-humanas, escondidas tras apariencias de invisibilidad. En tales momentos de ensoñaciones y duermevela, los humanos harán bien en temernos y huir despavoridos por los laberintos de piedra de su inconstancia, a tropezones, si es necesario, entre las promesas rotas y las grietas de sus desvaríos, y acallar en su garganta el grito silencioso antes que la piel se desgarre y se les desgrane el terror. No es frecuente, pero a veces uno de ellos cae en la trampa que le hemos tendido al vuelo y que, como viscosa red arácnida, lo detiene, sujeta e inmoviliza. Nada tiene que hacer, entonces, salvo plegarse al deseo de nuestra boca de mármol incandescente… [Paréntesis9] (26ago12)
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