viernes, 27 de julio de 2012
Lo verdaderamente sorprendente de su naturaleza es que el ambarluna se encuentra en dosis microscópicas en la piel de algunos animales. No se sabe con exactitud cómo es que esto ocurre ni cómo llega ahí, pero especies tan distintas como los lobos y ciertos felinos – gatos negros, jaspeados y atigrados, linces, guepardos y jaguares - poseen una carga de esta sustancia en la coloración de sus abrigos y tienen la capacidad de irla soltando junto con su almizcle, como marca de identidad, mientras dejan sus huellas en la nieve y las almohadas. Y es aquí donde entra en juego la luna, porque este astro cumplidor y garante de las mareas y de los vaivenes de prácticamente cualquier líquido, del movimiento mensual de la sangre, de la volubilidad femenina, de los claroscuros nocturnos, de los devaneos mentales y hasta de las acometidas románticas y los excesos amorosos, le imprime al ambarluna su más curiosa capacidad, la de deslizarse por el pelo de estos animales en gotas de néctar diminutas e impensadas cuando un ser humano se les acerca, cautivándolo para siempre con su aroma o bien alejándolo con total rechazo y despido irremisible. Y son estas mieles etéreas del ambarluna, cosechadas únicamente en la improbable confluencia de los animales, los humanos y la luna, las que mayor poder balsámico ofrecen. Confluencia que se antoja imposible ante tantos imponderables, y que sin embargo se da y existe… O eso dicen y me consta que hay algo de cierto en ello. [CrónicasAmbarluna12] (27jul12)
sábado, 21 de julio de 2012
Mi color predilecto es realmente el anaranjado en toda su gama, desde el azafrán luminoso y estridente, y los suaves tonos del salmón, el melocotón y la mandarina, hasta el naranja quemado, el ladrillo terroso y el siena natural de la teja, pasando por el coral, el escarlata, el amielado y el de reflejos cobrizos, ocres, mostazas y dorados. Por ello, el dije de ambarluna que él me regaló me va tan bien, responde armónicamente con mi tono de piel y acompaña mi usual temple y humor. Se dice que el naranja – nombre de una deliciosa, afrodisíaca y antaño exótica fruta – es el más llamativo y ubicuo de los colores y, al mismo tiempo, el más desapercibido y subestimado, ya que cantidad de cosas que definimos como rojas o amarillas, los colores primarios que lo constituyen, son en realidad anaranjadas: el atardecer y el amanecer, el cabello, las zanahorias, la piel del tigre, del zorro y de algunos gatos, ciertos peces dorados, los tejados… Él dice que el naranja me agrada y me pertenece por ser un color lleno de sabor, excitante, poco convencional y simbólico del peligro. Yo le respondo que tiene razón. Aquel viernes, mientras degustábamos una de sus creaciones culinarias – una pasta al dente con el aroma y la tonalidad del curry – nos encontramos hablando acerca del efecto que ejercen los colores en el estado de ánimo de las personas, una teoría que, con todo y su modernidad, viene de muy atrás en el tiempo y recoge la maestría de los egipcios y fenicios - expertos éstos en las artes de la tintura y su comercio -, los saberes de nigromantes árabes y herbolarios renacentistas, hasta las disquisiciones psicológicas y simbólicas de Goethe, que pretendían echar por tierra los experimentos en torno a la óptica y la percepción de los colores desarrollados un siglo antes por Newton. En respuesta a mi soliloquio, él comentó que, a pesar de las sensaciones individuales, hay una comprensión universal de las tonalidades que corresponden a cada estación del año; que las impresiones y vivencias que producen los colores son compartidas, a pesar de que cada quien vea, sienta y juzgue los colores de una manera personal. Tomándome desprevenida en medio de una frase acerca de la correspondencia de los colores con el tono de piel y la armonía de un tono subyacente, tan similar a la tonalidad en que está compuesta una obra musical, él aludió entonces al color púrpura de mi ropa interior y a sus posibles efectos en mi disposición permisiva de esa noche. El púrpura, mi segundo color favorito, mezcla versátil, magistral y no espectral del magenta y el cian, opuesto natural del naranja, legendario tinte relacionado con Helena de Troya y un molusco – Murex brandaris - que su perro favorito descubrió aquel día en... Pero él me atajó con una sabia caricia, devolviéndome una vez más al cautiverio purpúreo de mi cuerpo. Me rendí al implacable asedio de sus ojos verdes con una condición: que él mismo bajara los tirantes y desabrochara el encaje que me ceñía… [CrónicasAmbarluna11] (20jul12)
domingo, 15 de julio de 2012
Las brujas sabemos algunas respuestas a los afanes inquietantes de los humanos, a las desazones que asaltan su sueño, a la zozobra que abruma sus cavilaciones. Sabemos de aquello que cubre de polvo las ilusiones tornándolas áridas y densas, restándoles ingravidez; aquello que alimenta los pretextos y el insomnio, lo que no permite la explosión de la risa ni curar los secretos miedos. Lo sabemos porque nos consta qué hay detrás del espejo; conocemos el anverso y reverso del crepúsculo, discernimos el significado disyuntivo del cruce de caminos, comprendemos que la marea y el relámpago son uno y lo mismo, desciframos a golpes de intuición la soledad y hemos experimentado en carne propia la angustia del primer aliento. Podríamos, si quisiéramos, aliviar sus quebrantos, anegar sus corazones de filtros decantados de ambarluna e impregnarlos de placidez. Si estuviera en los designios, allanaríamos sus venas para inocular su sangre y borrar con un antídoto el desconsuelo. Si tuviéramos a bien hacerlo, con nuestra risa pulverizaríamos la confusión. Si quisiéramos, podríamos revelarles que el clamor del oleaje, el llamado insistente del mar, cesa sólo cuando finalmente se le obedece… (Paréntesis6) (15jul12)
viernes, 13 de julio de 2012
No parece ser por un mero e inexplicable descuido que el ambarluna no aparezca en los principales textos alquímicos, ni que haya sido dejado fuera inadvertidamente de las fórmulas mejor conocidas y perfeccionadas de la transmutación. No, más bien parece una omisión hecha a propósito, planeada y ejecutada a sabiendas y con un fin inmarcesible que desconocemos, lo que resultó ser a la postre una ventaja, pues de esa forma se ha logrado conservar su oscuro y potente elixir inexplotado, disponible únicamente para aquellos que descubran su clave y descifren su secreto sortilegio… A Teofrasto Bombast von Hohenheim, mejor conocido como Paracelso, por ejemplo, el ambarluna le pasó inadvertido; y aunque Isaac Newton en sus incursiones y disquisiciones alquímicas - de las que nadie habla por ser científico-políticamente incorrecto hacerlo, a pesar de que escribió más de un millón de páginas sobre el tema bajo el pseudónimo y anagrama de Jeova Sanctus Unus – Newton, decíamos, aunque lo adivinó en aquellas sus noches de culpas y locura, cuando componía interminables listas de defectos capitales y pecados cometidos; cuando autoconfeso aceptaba en el papel sus arrebatos de ira, sus episodios de amenazas físicas y verbales, sus ansias aniquiladoras que, no sabemos, pudieron quizá haber desembocado hasta en violencias impensadas… aunque lo intuyó, de todas formas no logró aislar completamente los aceites primarios del ambarluna ni decantar, a su entera satisfacción, su quintaesencia. De nada le valió que se sumergiera en la Prisca Sapientia, desentrañando los códigos y símbolos de estos antiguos textos cabalísticos, ya que solo logró obtener muestras impuras e inacabadas. Las referencias a esta caprichosa resina aparecen en signos cifrados en su famosa “Tabula Smaragdina”, así como al final de algunos de sus listados de faltas, yerros, omisiones, daños, engaños, agravios, injurias, olvidos, culpas y descuidos. Las irradiaciones ambarlunares son descritas como un remedio potente para el mal del alma, aunque Newton no consiguió probar esa hipótesis ni verificar en carne propia su poderío liberador. A pesar de sus notables propiedades, ¿habría podido el ambarluna aliviar en algo las pesadillas de este ser atormentado, dedicado al obsesivo estudio de la naturaleza y composición de la luz, del espectro de sus colores en el prisma, de la convección térmica, de la velocidad del sonido, de la mecánica de los fluidos, del origen de las estrellas y de la fabricación de colorantes, además de todo el asunto de la gravitación? ¿Cómo habría reaccionado a este potente alcaloide su mente brillante y genial, presa frecuente de accesos de cólera y reacciones bipolares y que no obstante, provocando nuestra ternura ante su modestia, restaba importancia a sus logros científicos cuando afirmaba comportarse como un niño que, jugando al borde del mar, se divertía buscando de cuando en cuando una piedra más pulida y una concha más bonita de lo normal, mientras que el gran océano de la verdad se exponía ante él completamente desconocido?… Al parecer, Newton gustaba de automedicarse, probar en sí mismo infusiones, pócimas, filtros, elixires y bebedizos preparados en su laboratorio de Cambridge y experimentar con potentes estupefacientes, venenos y ambrosías. Sólo podemos especular si acaso las fortificantes emanaciones naturales del ambarluna le sirvieron en estos casos de antídoto y si la simple proximidad de la emulsión aromática de esta resina contribuyó a su longeva vida de 84 venerables años… [CrónicasAmbarluna10] (13jul12)
viernes, 6 de julio de 2012
Habita en su casa un gato negro que no puede decirse que sea de él, ya que los gatos no son de nadie sino de sí mismos e invariablemente se comportan como dueños de sus dueños. Para este gato en particular, constituyo parte integrante y significativa del territorio que domina y recorre como amo y señor, con una jerarquía ligeramente más alta que los ratones, las lagartijas y otros objetos de interés lúdico que lo pueblan; soy una de sus preciadas posesiones relacionadas con el apetito y las estrategias para satisfacerlo. Accede a ser mimado - he aquí la expresión de su amor - porque le gusta y porque sabe que lo recibirá recíprocamente de mí, además de atención indivisa, fascinación por su hermosura, querencias susurradas a su oído y selectos trozos de pescado que comparto de mi plato. Descansando en mi regazo, se sabe tan seguro como él de su imperio, pues su apacible maullido y el toque insistente y tibio de su pata me reclaman también como suya… El gato y él, ambos mirándome con ojos verdosos y amielados, ambos iluminados indistintamente por los sutiles destellos que escapan del dije de ambarluna, ambos relamiéndose pero por diferentes razones y con propósitos contrarios, pues mientras el gato pide ser acariciado, él en cambio desea acariciarme, y cuando se acerca con la intención de encerrarme en sus brazos, no solo me dejo, sino que quiero ronronear… [CrónicasAmbarluna9]
viernes, 29 de junio de 2012
¿Por qué preferimos las mujeres a Casanova y despreciamos a Don Juan? No porque el primero sea un atractivo personaje que en efecto existió y el segundo un célebre producto del teatro del Siglo de Oro español convertido en arquetipo. No. O no sólo por eso. El donjuanismo parece tener por objeto de sus afanes la seducción acumulativa, una simple contabilidad desprovista de erotismo. Cuantas más mujeres caigan en las redes, cama y fauces de Don Juan, mejor; de eso se trata, de seducir en tanto obtiene lo que desea, para luego descartarlo una vez cumplido el objetivo. Sobra decir que a las mujeres los Don Juanes nos producen una serie de emociones que se sintetizan en dos: ira y hastío, experimentadas indistinta o simultáneamente y con consecuencias despiadadas e indefectibles. Quien haya jugado con la incontenible fuerza de la naturaleza que es el despecho de una mujer, sabe de lo que hablo… No, a las mujeres no nos agrada Don Juan, porque queremos ser - y somos - únicas, y porque nos hechiza y enamora la sensualidad. Y así como el Tenorio aviva un irrevocable rechazo, nos sentimos en cambio plenamente atraídas por ese otro Giacomo de apellido Casanova, por su fino e ingenioso sentido del humor, sus apreciaciones sabias y elegantemente cínicas de los seres humanos y sus flaquezas. Un manjar, sus “Memorias”; pero sobre todo, una delicia su seducción, ya que Casanova no conquistaba sino que galantemente se sometía… Su erotismo daba rienda suelta a esa faceta del alma femenina capaz de tomar un papel activo, diligente, vital y radiante en el banquete de los complementos físicos y mentales. Porque el erotismo no es nada más hacer del sexo algo sexy, sino volverlo sensual y, todavía más: comprender a fondo la categórica verdad que aquel vidente andrógino de Tebas, Tiresias, reveló - en su hora más difícil y dolorosa, antes de ser condenado permanentemente a la ceguera - a los caprichosos dioses, inclementes y apostadores: que las mujeres somos capaces de recibir nueve veces más placer del acto de amar que los hombres. Tal es la fuente del erotismo. Requiere de parte de ellos fértil imaginación creativa, paciencia y control admirables, gozar la tentación y no querer beberse de un trago la ambrosía, prolongando lo más posible el inevitable momento en que ambos perecerán por el fuego. Solicita de ellas no sólo soltura y entusiasmo para enseñar, aprender, desarrollar, inventar y proponer, sino también disposición para recibir con agrado y sin trabas las ofrendas delectables y gozosas puestas a sus pies y devolverlas multiplicadas… y desde luego la conciencia del poder que las mujeres ejercemos en la sensualidad y su sabia regencia. El erotismo tiene que ver con cuestiones geográficas, con la retórica y la magia, y también con la relatividad del tiempo, tal y como lo he aprendido del maestro de mis madrugadas y dueño de mis viernes (y de otros días de la semana). Él me enseñó que el erotismo consiste en descubrir antiguos territorios que una y otra vez se vuelven nuevos e inexplorados; recorrerlos con intuición, mirada fresca y cuidado; describirlos con el lenguaje de la imaginación, el juego y la concreción, sin reserva de términos ni parquedad de vocablos; develar con inesperados sortilegios y una sonrisa sus secretos; y hacer todo ello con asiduidad, dedicación, esmero, perseverancia y sin prisa. Y ciertamente se valen las ayudas externas, infinitas en su multiplicidad y variedad, y que, en mi caso provienen sobre todo del dije de ambarluna, que desde nuestros primeros encuentros él colocó para siempre alrededor de mi cuello y, por ende, en el cerco de mi alma y en el paisaje de mi piel… [CrónicasAmbarluna8]
domingo, 24 de junio de 2012
La soledad es una condición natural de las brujas. Cohabitamos en cercanía y compartimos una madriguera, pero ello no descarta la soledad. El cráter pertenece a nuestro linaje o al menos ha sido habitado por las ancestras y sus consortes desde el tiempo de la detonación por el rayo y el trueno primigenios. La memoria colectiva de estirpe y sangre, capaz de recordar no sólo ese rayo y ese trueno que nos engendraron sino su propio nacimiento, nos asegura la pertenencia y permanencia del sortilegio que nos une al magma que abrió en caos la tierra, la levantó y la ahogó de lava ardiente. Si el cráter acaso no nos perteneciera, de todas formas a él estamos unidas por la potestad y el albedrío de seis generaciones. Pero ello, lo digo nuevamente, no destierra la soledad. Volamos en bandadas, a veces. Atacamos en formación cerrada y escudo defensivo cuando se requiere. Pero ello no significa compañía, sino estrategia y lealtad. Una vez cada nueve veces nueve lunas celebramos el espíritu del akerbeltz transformadas en esencias animales de serpiente, lobo y lince; pero cada bruja conoce el lugar que le corresponde, el conjuro secreto de su nombre y la forma en que su talismán de ambarluna le dará entrada al aker larre. Son dones, encomiendas, artes, destrezas y facultades de poder que no se comparten. La soledad, repito, es una condición natural de las brujas, pero muy especialmente de las sorginak, nuestra especie. Nuestros negros consortes ferales son tan amantes de la libertad como nosotras; corean con maullidos el hechizo, iluminan con destellos de ojos amarillos la ruta nocturna, sueñan el susurro del arcano y nos lo hacen saber, nos acompañan a lo largo del recuento de las mareas y los vientos, pero guardan su distancia y profesan sus secretas custodias en el misterio de su propio soliloquio. Suspendidas en el vuelo del viento, acopladas por esencia inexorable al oleaje marino, ancladas irremisiblemente por origen a la tierra volcánica, consumidas las entrañas por el fuego helado, las sorginak nos debatimos y forcejeamos en el centro y equilibrio de estas cuatro potencias, evitando a toda costa el desgarre, la laceración, el quebrantamiento; sólo así entendemos la soledad y la toleramos. (Paréntesis5)
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